Viendo a Puerto Rico desde la distancia

Ya llevo un año y ocho meses fuera de Puerto Rico y he estado reflexionando sobre esta transición; cómo ha cambiado mi mentalidad, cómo he comprendido el insularismo cuando veo a Puerto Rico desde la distancia, cómo este cambio me ha beneficiado como persona y cómo me ha ayudado a comprender a otros.

He escrito anteriormente que mi familia hacía mucho tiempo que se había ido de Puerto Rico.  En aquel momento yo decidí quedarme a pesar de los miles de contratiempos que enfrentaba. Mi único consuelo era repetir esa frasesita clichosa que todos conocemos:  “estoy luchando por mi islita”.   Y así lo hice, contra viento y marea.

Durante ese tiempo, hice todo lo posible por conseguir trabajo, por apoyar a los comerciantes locales y hasta abrí mi propia compañía.  No hice muchas más, porque la realidad es que no había mucho que yo pudiera hacer para “luchar por mi islita”.  Por lo único que luchaba era por mí y por lograr sacar los pies del plato.  Esa era mi realidad.  No creo que mis taxes hayan hecho una gran diferencia en las arcas de Hacienda, ni que mi trabajo haya ayudado en algo a sacar a Puerto Rico del lugar donde se encuentra.

Después de varios años desempleada, en los que NO estuve sentada llorando en mi casa viendo Caso Cerrado o La Comay, sino que estuve del tingo al tango haciendo todo lo que aparecía que me pudiera generar ingresos para poder sobrevivir la crisis, conseguí un trabajo bastante bueno donde me pagaban $15.00 por hora. Digo “bastante bueno” considerando que mi hija estudiaba en la Central High, o sea, que no tenía que pagar escuela privada y que mi carro estaba saldo.   La realidad es que no hay manera de vivir tranquilo en Puerto Rico pagando renta, luz, agua, compra, celular, escuela, gasolina, carro y las misas sueltas con un salario de $15.00 por hora, si es que tienes la suerte de conseguir un trabajo que te pague eso.  Y sí, sé lo que es ganarse $7.25 por hora y admiro a todos los que hacen milagros para vivir con ese sueldo.

El 21 de diciembre del 2014 me fui de Puerto Rico y decidí comenzar mi vida en el mainland.  Ahí empezó mi metamorfosis.

Lo primero que descubrí es que yo estaba infectada con el insularismo.  Me di cuenta con el tiempo cuando empecé a leer en Facebook o en las páginas de los periódicos locales a la gente defendiendo a Puerto Rico contra viento y marea. Escriben que su isla es lo mejor que existe en este planeta, insisten que en Puerto Rico el crimen no está malo porque que en Estados Unidos hay tiroteos, que los que nos vamos lo que hacemos es hablar mal de la isla y todas esas cosas que ahora, no me queda más remedio que leer y suspirar.   Cada vez que leo esos argumentos no puedo evitar decirme: “wow, yo estaba así, ciega”.

Dice un refrán que “nadie sabe lo que hay en la olla más que la cuchara que la menea”.  La cosa es que yo no era la cuchara que meneaba la olla, yo estaba adentro de la olla y la estaban meneando bien duro desde afuera.  A veces hay que salir de la olla par poder ver de verdad cómo es la cuchara y  cuál es el meneo.

Los primeros ocho meses los pasé en Fort Lauderdale, Florida y actualmente vivo en London, Kentucky.  Lo único que extraño de Florida es a mi familia y amigos. Florida es un estado bello y sé que muchos disfrutan de vivir allí, pero no es para mí.  Después de mudarme a Kentucky y visitar varios estados aledaños, me identifico más con la vida aquí.   Aquí se vive mucho más tranquilo, disfruto de las cuatro estaciones, hay más oportunidades de empleo para las personas bilingües y el costo de vida es más bajo.

Volviendo al tema, los primeros seis meses fueron chocantes.  No me ubicaba, llevaba 44 años viviendo en Puerto Rico y ahora me tocaba empezar en un lugar nuevo.  Extrañé, lloré, me di contra la pared varias veces (porque los cambios son cambios y, valga la redundancia, tenemos que cambiar), hasta que todo empezó a caer en tiempo.  Fue de repente, amanecí un día e hice como canta la Trevi:  “me solté el cabello y me vestí de reina, me puse tacones” y empecé a disfrutar de mi nueva vida.

En cuanto a la relación con mis paisanos que viven en “la olla” pasé por varias etapas.  La primera etapa es la de no poder criticar ni opinar nada de Puerto Rico en alguna red social porque hasta me insultaban.  Luego pasé por la etapa de criticar todo, aunque me cayeran “chinches” y siento que ahora estoy entrando en una etapa de desconexión.

Este sentimiento de desconexión me causó curiosidad y me puse a buscar en el internet.  En mi búsqueda, encontré varios blogs de puertorriqueños en la diáspora.  Al ver sus páginas me di cuenta que en un momento dado casi todos dejaron de escribir y lo primero que pensé fue: “wow, se desconectaron, como me está pasando a mí”.

Yo le atribuyo esa desconexión a varias cosas.  Para empezar: encontraste un nuevo camino, te quitaste las vendas del insularismo, disfrutas de este nuevo estilo de vida y viste que hay un mundo gigantesco lleno de oportunidades fuera de la isla.

Segundo: lo que ves de Puerto Rico desde la distancia te apena, pero ya perdiste tus derechos a opinar porque te fuiste.   Es inevitable entrar a alguna de las redes sociales y ver a las personas que viven en la isla quejarse todo el tiempo: “no tengo luz”, “más impuestos”, “aquí no se puede vivir”, “el crimen no para”, “esto va de mal en peor”, “más negocios cerrando”, “se van los doctores de la isla”, “Macondo”…  Pero, como el que se fue ya no puede opinar ni comentar, y cuando lo haces siempre pasas por una experiencia desagradable, te empiezas a distanciar de la crisis.  Has sido expulsado de ese grupo exclusivo de patriotas “verdaderos” que sí pueden opinar “porque son los que se están chupando el problema día a día”; como si ese día a día no fuera la razón por la cual nos hemos visto obligados a mudarnos.

El tiempo va pasando y te dejas de identificar con ellos y con el drama.  Sí, te es súper familiar porque lo viviste en carne propia pero ya no te atañe según los que, por las razones que sean, han decidido quedarse en Puerto Rico.  Entonces, como ellos pueden escribirlo pero tú no puedes ni comentar, poco a poco empiezas a perder el interés y vas enfocando todas tus energías en tu nueva vida.

Ahora entiendo a esas personas que llevan largos años fuera de la isla y no saben nada de lo que pasa allá; y hasta a los que cuando les saco el tema de alguna situación que me preocupa me contestan: “no sé, ni me importa” o “nena, yo me divorcié de Puerto Rico hacen años”.

*Disclaimer:  No me refiero a TODOS los puertorriqueños, pero sí me refiero a MUCHOS.

 

Mi primera nevada

Cuando me mudé a London una de las emociones más grandes era ver nieve.  Nunca había visto nieve y el hecho de que nevara en cualquier momento me tenía súper emocionada.  De más está decir que fui una exagerada comprando ropa de invierno, ya con el tiempo aprendí que no necesito tanto, que tengo que vestirme en layers y que me veia bien ridícula con tanto abrigo, pero es tema para otro post.

Yo me mudé a London en Agosto del 2015 y la gente me deciía que en octubre del año pasado había nevado.  Yo, como buena newbie, estaba esperando nieve en octubre cuando el clima todavía estaba en los 70, en noviembre, en diciembre cuando el clima seguía en los 70.  Nada, casi se pasa el invierno entero y cero nieve.  Yo estaba bastante molesta porque no acababa de nevar.

Para resumir la historia, no nevó hasta marzo del 2016.  Anunciaron una tormenta de nieve y la naturaleza se encargó de enviar suficiente para que yo no quisiera ver más hasta el próximo invierno.  La tormenta dejó 18″ de nieve, estuvimos encerrados en la casa cuatro días, descubrí lo que era es el “cabin fever”.

La gente tiene la idea de que caen 3″ pulgadas de nieve y enseguida hay que palear.  Eso no es así, cuando caen 18″ pulgadas de nieve se palea, cuando caen 3″, 4″ o 5″ eso se derrite solo.  Además, cuando se anuncia nieve se echa sal y ya eso ayuda con el proceso de que todo se derrita.  Así que cuando vean fotos de sus amigos disfrutando de la nieve no piensen que la nieve no se disfruta.  Yo me la disfruto y es hermoso verla caer.

Anyway, esta vez nos tocó palear y limpiar el carro.  Aquí les dejo una breve demostración de mis infalibles técnicas para limpiar el carro.

 

 

Decidir que te vas…

Decidir irse de Puerto Rico no está fácil.  Yo estuve acariciando la idea un buen tiempo por razones de empleo más que nada, pero cada vez que estaba lista para empezar a empacar aparecía algo.

En los cuatro años que estuve desempleada aproveché todas las oportunidades que encontré; trabajos temporeros, trabajos bien locos, otros trabajos más locos, en fin, no hubo un trabajo que me ofrecieran, aunque fuera por dos días, que no aprovechara.

Después de cuatro años conseguí un trabajo permanente al cual renuncié cuando decidí irme.  Me fui cuando más tranquila estaba, no me fui al borde de la desesperación. La idea de nuevas oportunidades sumado a la crisis en Puerto Rico fueron cruciales para mi decisión.

Para mí, decir “me voy”, fue difícil por dos razones:  primero, el amor inmenso que le tengo a Puerto Rico y  segundo, el comfort zone.  Empacar varias cosas, ponerle un se vende al resto y empezar en cero en un lugar nuevo, no está fácil, se necesitan pantalones. Al menos el gallinero de uno, uno lo conoce; meterse en un gallinero desconocido da un poco de miedo.  Pero yo estaba cansada y lamentablente desesperanzada  con el futuro de la isla.

En el verano de 2014 mi esposo empieza a estudiar las cosas en Puerto Rico y a la verdad que no pintaban bien.  Los taxes seguían aumentando y nuestro negocio se afectaba,  se rumoraba que mi lugar de trabajo sería cerrado y yo sabía que si eso sucedía me iba a tomar un buen tiempo volver a encontrar un empleo; así que al fin y al cabo mi esposo me convenció.  No puedo negar que la idea de la aventura me tenía emocionada y  como a mi me encantan los cambios le dije, “¡pues vámonos!”.  Tenemos familia en Florida, mi esposo tenía trabajo y ya habíamos conseguido donde vivir.  Ahí empezó el corre y corre.

¡Vender todo en dos meses es una locura! ¡No termina! ¡Es hasta el último día! Cuando estábamos saliendo para el aeropuerto con el revolú de maletas, los gatos y el estrés que yo tenía, llegó alguien que se llevó lo que quedaba en la casa como por $30.  Bueno, a mi hasta me sacaron de un página bastante conocida en Facebook por el desastre que formé una noche.  Yo no sabía que eso era con turnos y toda la cosa, escribí un post y me fui a comer.  Cuando volví a mi casa,  le vendí algo a alguien que me había escrito al inbox sin saber que  habían como 10 personas pidiendo turno en el post y se formó el lío de los pastores. Como tres moderadoras me enviaron las reglas y 20 cosas más al inbox y cuando quise hacerlo bien, me di cuenta que ya no podía escribir en la página.  Anyway, eso no era para mí, me funcionaron más los clasificados.  Logramos vender casi todo y las  últimas dos semanas dormimos en unos mattress inflables de lo más bellos.

Por fin llega el día de irnos de Puerto Rico, de más está decir que no había ni nevera en la casa así que salimos a desayunar algo (yo sin café por las mañanas soy un ser inútil) para luego dar los toques finales.  Yo no sé si soy yo solamente, pero yo me pongo extremadamente nerviosa y ansiosa con estos revoluces, estaba con las revoluciones en high.  Preparamos a mis gatitos, los metimos en los kennels, yo me puse un suéter y un abrigo como si estuviera viajando a Nuuk en vez de a Fort Lauderdale y llegamos al aeropuerto gracias a unos amigos que se ofrecieron a llevarnos.

En el aeropuerto la cosa sí que se pone divertida. Cuando llego al counter de JetBlue el señor que me atendió me dice que mis gatitos están en los kennels “que no son”…  Entre el calor, mi ropaje y el estrés, se me empezó a subir un fogaje desde los pies que cuando me llegó a la cabeza yo parecía un tomate asesino. Le dí al pobre hombre el lecture del siglo: “¡yo llamé como 15 veces a JetBlue y las 15 veces me dijeron que estos kennels servían!”, “¡cómo es posbile que me hagan esto ahora!” etc., etc., etc.  Para colmo, todas las maletas estaban overweight  y tuvimos que sacar cosas de unas y ponerlas en otras, yo estaba poseída por algún ser que no era de este mundo en ese momento.  El muchacho del counter  parece que al ver el espectáculo entendió que llamar a la gerente era un excelente idea y así lo hizo; me imagino que la mujer al verme de lejos habrá dicho “ay mi madre”  porque con mucho talento, gentileza y elegancia me calmó.   Al final tuve que comprar los dos kennels de JetBlue y cambiar a mis hijos, pero me pasó las maletas sin cobrarme y me dió free drinks para tomar en el avión.  Fuí muy feliz.

Algo que me impresionó es que para cruzar TSA tienes que sacar a tus mascotas del kennel y cargarlas al hombro.  Mis gatos son dos criaturas gigantescas y cuando los sacamos (yo saqué a Mauricio y mi esposo se encargó de Bruno que es el guapo de la casa) la gente formó un escándalo impresionante en el aeropuerto; como si yo hubiera sacado a dos animales en peligro de extinción.  Los pobres gatos estaban al borde de un ataque al corazón, ellos que no han visto mucha gente, imagínense en el Luis Muñoz Marín un sábado a finales de diciembre.   Y por fin nos montamos en el avión… y  me dieron mis bien merecidos drinks.