Decidir que te vas…

Decidir irse no está fácil.  Yo estuve acariciando la idea un buen tiempo por razones de empleo más que nada, pero cada vez que estaba lista para empezar a empacar aparecía algo.

En los cuatro años que estuve desempleada aproveché todas las oportunidades que encontré; trabajos temporeros, trabajos bien locos, otros trabajos más locos, en fin, no hubo un trabajo que me ofrecieran, aunque fuera por dos días, que no aprovechara.  Después de cuatro años conseguí un trabajo permanente al cual renuncié cuando decidí irme.  Me fui cuando más tranquila estaba, no me fui al borde de la desesperación. La idea de nuevas oportunidades sumado a la crisis en Puerto Rico fueron cruciales para mi decisión.

Para mí, decir “me voy”, fue difícil por dos razones:  primero, el amor inmenso que le tengo a Puerto Rico y  segundo, el comfort zone.  Empacar varias cosas, ponerle un se vende al resto y empezar en cero en un lugar nuevo, no está fácil, se necesitan pantalones. Al menos el gallinero de uno, uno lo conoce; meterse en un gallinero desconocido da un poco de miedo.  Pero yo estaba cansada y lamentablente desesperanzada  con el futuro de mi islita.

En el verano de 2014 mi esposo empieza a estudiar las cosas en Puerto Rico y a la verdad que no pintaban bien.  Los taxes seguían aumentando y nuestro negocio se afectaba,  se rumoraba que mi lugar de trabajo sería cerrado y yo sabía que si eso sucedía me iba a tomar un buen tiempo volver a encontrar un empleo; así que al fin y al cabo mi esposo me convenció.  No puedo negar que la idea de la aventura me tenía emocionada y  como a mi me encantan los cambios le dije, “¡pues vámonos!”.  Teníamos familia en Florida, mi esposo tenía trabajo y ya habíamos conseguido donde vivir.  Ahí empezó el corre y corre.

¡Vender todo en dos meses es una locura! ¡No termina! ¡Es hasta el último día! Cuando estábamos saliendo para el aeropuerto con el revolú de maletas, los gatos y el estrés que yo tenía, llegó alguien que se llevó lo que quedaba en la casa como por $30.  Bueno, a mi hasta me sacaron de un página bastante conocida en Facebook por el lío que formé una noche.  Yo no sabía que eso era con turnos y toda la cosa, escribí un post y me fui a comer.  Cuando volví a mi casa,  le vendí algo a alguien que me había escrito al inbox sin saber que  habían como 10 personas pidiendo turno en el post y se formó el lío de los pastores. Como tres moderadoras me enviaron las reglas y 20 cosas más al inbox y cuando quise hacerlo bien, me di cuenta que ya no podía escribir en la página.  Anyway, eso no era para mí, me funcionaron más los clasificados.  Logramos vender casi todo y las  últimas dos semanas dormimos en unos mattress inflables de lo más bellos.

Por fin llega el día de irnos, de más está decir que no había ni nevera en la casa así que salimos a desayunar algo (yo sin café por las mañanas soy un ser inútil) para luego dar los toques finales.  Yo no sé si soy yo solamente, pero yo me pongo extremadamente nerviosa y ansiosa con estos revoluces, estaba con las revoluciones en high.  Preparamos a mis gatitos, los metimos en los kennels, yo me puse un suéter y un abrigo como si estuviera viajando a Nuuk en vez de a Fort Lauderdale y llegamos al aeropuerto gracias a unos amigos que se ofrecieron a llevarnos.

En el aeropuerto la cosa sí que se pone divertida. Cuando llego al counter de JetBlue el señor que me atendió me dice que mis gatitos están en los kennels “que no son”…  Entre el calor, mi ropaje y el estrés, se me empezó a subir un fogaje desde los pies que cuando me llegó a la cabeza yo parecía un tomate asesino. Le dí al pobre hombre el lecture del siglo: “¡yo llamé como 15 veces a JetBlue y las 15 veces me dijeron que estos kennels servían!”, “¡cómo es posbile que me hagan esto ahora!” etc., etc., etc.  Para colmo, todas las maletas estaban overweight  y tuvimos que sacar cosas de unas y ponerlas en otras, yo estaba poseída por algún ser que no era de este mundo en ese momento.  El muchacho del counter  parece que al ver el espectáculo entendió que llamar a la gerente era un excelente idea y así lo hizo; me imagino que la mujer al verme de lejos habrá dicho “ay mi madre”  porque con mucho talento, gentileza y elegancia me calmó.   Al final tuve que comprar los dos kennels de JetBlue y cambiar a mis hijos, pero me pasó las maletas sin cobrarme y me dió free drinks para tomar en el avión.  Fuí muy feliz.

Algo que me impresionó es que para cruzar TSA tienes que sacar a tus mascotas del kennel y cargarlas al hombro.  Mis gatos son dos criaturas gigantescas y cuando los sacamos (yo saqué a Mauricio y mi esposo se encargó de Bruno que es el guapo de la casa) la gente formó un escándalo impresionante en el aeropuerto; como si yo hubiera sacado a dos animales en peligro de extinción.  Los pobres gatos estaban al borde de un ataque al corazón, ellos que no han visto mucha gente, imagínense en el Luis Muñoz Marín un sábado a finales de diciembre.   Y por fin nos montamos en el avión… y  me dieron mis bien merecidos drinks.

 

 

 

 

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